Angélica Monteagudo: Hija de Rey Contra Viento & Marea (parte 1)

El propósito de esta nota es que a través de su lecturas Dios pueda hablar a tu vida y no importando tu condición, siempre hay un reto que enfrentar y se puede superar tomados de la mano de Dios.

Angélica - Toda Habilidad Mi nombre Angélica Monteagudo, mujer con discapacidad física, sobreviviente al virus de la polio. Desde la edad de tres años, las secuelas de la polio marcaron mi cuerpo al dejar sin movilidad mis piernas por lo cual uso de una silla de ruedas, muletas y órtesis, conocidos como aparatos ortopédicos.

Nací y crecí en el Cantón de San Lucas, jurisdicción de Gualococtí, Departamento de Morazán, el departamento con mayor índice de  pobreza en el Salvador. Provengo de una familia cristiana. Soy la cuarta hija de 6. Mi niñez la viví con mi familia en un medio ambiente natural, rodeada de árboles, cerros, animales domésticos, viendo y alimentando a los pollos, patos, cerdos, terneros, tratando de ordeñar las vacas, montando a caballo para ir a la iglesia y sin faltar Canelo, el perro de mi madre, así que cada día era una nueva aventura.

La polio, enfermedad viral que puede afectar los nervios y llevar a parálisis total, trato de dejar mi piernas invertidas. Para lograr ponerlas en su estado original, tuve que pasar un proceso muy largo de muchas cirugías. En unas de mis primeras operaciones tuve que pasar un año con yeso en ambas piernas y el abdomen. Recuerdo que a mis hermanas mayores no les preocupaba el yeso. Así como me cargaban cuando no lo tenía, también me cargaban por las mañanas para subir al Cerro de San Lucas.

Angélica-el-salvador-Toda Habilidad Al llegar a la cima comíamos frutas, mangos verdes con sal, caimitos, matasanos, paternas, semilla de pan, tortillas con queso, guineos verdes asados con sal y tomar café. Al atardecer bajábamos para ver el sol ocultarse entre la montaña. Esto de subir al cerro era una aventura la cual disfrutaba mucho especialmente lo de comernos las tortillas calientitas que mi madre había preparado, con frijoles y cuajada. Lindos recuerdos de mi niñez que los guardo como un tesoro.

Inicie mi ciclo escolar como todos niños, con la única diferencia que a mí me trasladaban en brazos a la escuela y en los recreos jugaba en el piso al lado de mi asiento. Así continúe hasta que mi madre me enseño a montar a caballo,  fue así que el caballo se convirtió en mi medio de transporte y logré cierta independencia.

Mi madre siempre me enseño que si tenía fe en mi Dios todo lo que me  propusiera lo iba lograr.

Mi madre me decía que las cosas no eran difíciles; que yo podía hacerlo todo solamente que de forma diferente al resto de mis hermanos. Había una frase que me repetía “Si tu mal tiene remedio de que te afliges y si no tiene remedio de que te afliges”.

En la adolescencia viví dos retos muy fuertes:

1-   Me di cuenta que funcionaba diferente y mis compañeras y compañeros de escuela me discriminaban y rechazaban por no ser como ellos. Fue una etapa muy difícil, pero conté con la ayuda de mi Señor y mi Familia, quienes me enseñaron que todos éramos diferentes y que ser diferente no estaba mal. Que podía vivir entre la diversidad y no importaba como hiciera las cosas, lo importante es que lo hiciera y me sintiera bien.

2-   Mi adolescencia la viví en medio de una guerra civil, donde decir lo que queríamos o deseábamos significaba muerte. Viví en medio de ráfagas de balas, detonaciones de artefactos explosivos y en otros casos ver la sangre correr y saber que esa sangre era de un vecino o conocido.

Era un clima difícil para una niña con discapacidad física del cual no podía salir corriendo. Fue así que aprendí a vivir en un medio donde se respiraba miedo y muerte. Fue ese proceso que mi  Dios uso para fortalecer mi psiquismo y mi fe,  preparándome para todos los retos que debía enfrentar en la vida adulta.

Angélica-a-caballo-Toda HabilidadA pesar de vivir en medio de ese cruento conflicto de más de 12 años, no paré mis estudios. Con la compañía de mi Dios, mi  hermana menor y montada en mi caballo, a quien mi padre le puso por nombre “Coyol”,  estudie por un periodo 8 años. Recorría un kilometro y medio para llegar a la escuela, donde cada día aprendía algo nuevo. Fue una experiencia muy linda, ir a trote y cabalgar. Subir por superficies escabrosas, que no podría hacerlo por mi condición de discapacidad, pero lo hacía con la ayuda de mi caballo “Coyol”. Esto ocurría a veces bajo un fuerte sol y en otras oportunidades bajo la lluvia, donde tenía que tener mucha habilidad para sostener la sombría y las riendas del caballo al mismo tiempo.

Recuerdo las caídas cuando el viento y la tormenta azotaba, pero siempre contaba con una mano amiga para emprender nuevamente mi viaje. Algo muy difícil fue ir al paso del caballo en medio de una balacera y detonaciones de bombas. “Coyol” conocía mi estado de ánimo cuando tenía miedo y cuando quería correr desafiando la naturaleza. Pero también sabía que muchas veces enfrentábamos el peligro y en momentos de enfrentamientos armados se echaba sobre sus patas y nada ni nadie lo hacía caminar, hasta que estaba seguro que no había más disparos.

Sin darme cuenta, ni proponérmelo recibí la mejor fisioterapia, dado que el caminar del caballo se asemeja al caminar del ser humano, esto me ayudo a movilizar cada parte de mi cuerpo. En mi lugar de origen no había acceso a una unidad de salud, mucho menos a servicios de rehabilitación. Había solamente un medio de transporte. El bus salía con destino a San Miguel, a las 4 de la mañana y regresaba a las 3 de la tarde. Así que no había forma de asistir a un centro de rehabilitación, por lo que mi madre y mis hermanas mayores se convirtieron en mis fisioterapistas.

Cada mañana cuando no quería ponerme mis aparatos ortopédicos e intentar usar las muletas ellas se inventaban algo nuevo que hacer que yo los usará y fuéramos de visita a donde mi tía. Y así cada día entre lágrimas por el dolor que me causaba ellas me decían “vamos hoy tu puedes y vas a vencer el dolor”. Así, entre oraciones y cantos, avanzaba para poder desplazarme haciendo uso de mis muletas y aparatos ortopédicos.

Angélica- El Salvador-Conflicto En medio del conflicto armado, se llegó el momento que teníamos que abandonar la comodidad de la casa en San Lucas; ese pedacito de tierra que me vio nacer y crecer. El pedacito de tierra que fue testigo de mis travesuras de niña, de mis llantos, lágrimas de tristeza, de mis sonrisas, de mis deseos de superación y mis ansias de un futuro mejor.

Confiada en la palabra de Dios que dice: “A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” Romanos 8:28, en esos momento no sabía cómo aplicar a mi vida ese bien. Pero declaraba este verso a cada instante. Mi madre nos enseñó a orar y declarar las bendiciones de Dios sobre nuestras vidas y así lo hacía…..

 

Para continuar a la segunda parte:

**** Esta es la primera parte de la serie: “Hija del Rey Contra Viento y Marea” por Angélica Monteagudo. Le invitamos a dejar sus comentarios en la parte baja de esta página. Comparta esta historia de fe y valentía con sus seres queridos.  Para recibir notificaciones de las próxima entradas, favor subscribirse a este portal cibernético. Bendiciones!   

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